Más de dos mil millones de pesetas de las de hace 17 años, 14 millones de euros que hoy serían unos 20, robó Luis Roldán a los españoles desde su cargo de director general de la Guardia Civil. Por cada uniforme, por cada correaje, por cada automóvil, por cada lancha y, desde luego, por la construcción o reforma de cada casa cuartel, el bandido se llevó su correspondiente comisión, librada o favorecida, cómo no, por las grandes empresas de los diferentes sectores a las que la Justicia, que hizo lo que pudo, no pudo, sin embargo, decir nada. Roldán nos robó tanto porque pudo, porque le dejaron, porque el Gobierno de la época tuvo la ocurrencia de colocar a un delincuente al frente de la Guardia Civil, por la ausencia de mecanismos efectivos de control y por la atmósfera de corrupción generalizada que le sentaba tan bien a sus pulmones, pero ahora, que concluye la condena que le ha mantenido 15 años entre rejas, es la ocasión de lamentar particularmente que aquellos 14 millones de euros, que tan bien nos vendrían en las actuales circunstancias, se hayan esfumado para siempre.
La canción de Roldán es siempre la misma: que el tenebroso Paesa le birló el botín y que él no tiene ni un duro. Sin embargo, y toda vez que el ex director de la Guardia Civil fue condenado en firme a 31 años de cárcel, ¿sería disparatado pensar que si se hubiera condicionado su anticipada puesta en libertad a la aparición del dinero, el ladrón no habría acabado recordando dónde está? Uno no solo no le desea la cárcel a nadie, donde cada segundo es un infierno, sino que sabe que el sufrimiento de un individuo no resarce a sus víctimas del daño infligido, pero es que éste, en su retorcida simplicidad, parece haberse planteado sus 15 años a la sombra como la inversión que le ha proporcionado unas rentas de un millón de euritos al año. ¿O no?
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