El ex ministro Jordi Sevilla vuelve a ser noticia, porque vuelve a la carga. Y carga contra la imagen del presidente del gobierno, desde su condición de ex ministro (y es de suponer que también de ex amigo) de Zapatero. Mandoble va, mandoble viene, Sevilla ha retratado a José Luis Rodríguez Zapatero en la revista Vanity Fair. Lejos queda el retrato de aquel Bambi de dulces ojos azules, al que él mismo invitó a asistir a una reunión en casa de la hoy ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, de la que surgió el movimiento que llevó a Zapatero a convertirse en líder del PSOE y, posteriormente, en presidente del gobierno. El retrato plasmado por Sevilla ofrece una imagen de un Zapatero desconfiado (llega a decir que no se fía ni de su mujer, Sonsoles Espinosa), preso del síndrome de la Moncloa, frío, calculador y hasta rencoroso; de los que «te castiga con la indiferencia».
Seguramente, Sevilla le conoce bien. Y mejor le conoció durante los años que estuvo junto a él, sentado en la Ejecutiva Socialista y posteriormente en el gobierno. Probablemente, habla con conocimiento de causa cuando denuncia esa dolorosa indiferencia de la que él mismo es víctima. Pero, automáticamente, surge la inevitable pregunta: «¿Y por qué no lo dijo usted antes?» Sevilla es sólo un ejemplo de tanto crítico sobrevenido, al que estimula la pérdida del poder.
Hay bebidas presuntamente mágicas que te «dan alas» y está visto que la pérdida del poder y la confianza del jefe te da agallas… además de una rabia indisimulable.
La reacción de Zapatero, en todo caso, la ha clavado el que fuera su ministro: el presidente no se ha molestado en contestar a Sevilla. Sí lo ha hecho el ministro de Fomento, José Blanco, para decir en tono condescendiente que Sevilla «está aburrido». Y, visto y oído lo que comentan sus compañeros de partido, tiene todo el tiempo del mundo para aburrirse, por lo que a ellos respecta.
La crítica, si es constructiva, se agradece y, si no lo es, se encaja. Pero jamás tiene buen encaje si procede de un compañero que calló mientras ocupó un cargo y soltó su lengua cuando ya nada tenía que perder. Sin duda, da mucha mejor imagen aquel que no espera a que le echen para decir o demostrar lo que piensa. Es el caso del que fuera ministro de Trabajo con José María Aznar, Manuel Pimentel. Él, que dejó de ver con buenos ojos la figura y las políticas de Aznar y que sintió la indiferencia del presidente a su alrededor, envió su dimisión por fax al presidente, al ver que éste ni se le ponía al teléfono. Pimentel, se ganó la licencia para criticar.