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Opinión

17/03/2010

El trapecio

La misa

Aurora Gómez Campos

Mi hermano y yo llegamos tarde a Misa aquella tarde. En nuestra niñez era costumbre ir a Misa los domingos por la mañana y después jugar en la plaza. Ese día nos retrasamos. Teníamos entendido que asistir a rezar un Rosario equivalía a una Misa. Si nos quedábamos al Rosario que se rezaba por la tarde, no nos veríamos toda la semana arrastrando la carga del pecado de no haber ido a la misa del domingo. Así que dos niños de siete y nueve años respectivamente, nos quedamos a rezar un Rosario. A nuestro lado había una pintoresca señora que se pintaba los labios con un intenso rojo pasión, perfilándolos por encima de los propios labios, tal y como si un caballo se hubiera pintado los belfos hasta la nariz. Además, esta señora se distinguía por su singular peinado exageradamente ahuecado, alineando cada pelo en sentido derecha-izquierda desde una sien a otra, rematándose el trabajo con un gran rulo que adornaba la frente. Su aspecto se completaba con unas gafas de pasta con gruesos cristales ámbar. Entregados a la repetición devota del Rosario, mi hermano y yo rezábamos muy serios, hasta que la señora del pelo encofrado emitió ella sola un altísimo y sonoro «¡Santa María, madre de Dios…!.», mucho antes de que el sacerdote que oficiaba y el resto de fieles terminaran la primera parte de esa oración. Nuestra escasa edad e inexperiencia en celebraciones marianas, nos produjo una risa imparable, irreprimible, muy gestual pero muda por seriedad y respeto. Teníamos claro que no se podía hacer ruido en la Iglesia, pero no nos percatábamos de que nuestras caras desencajadas de risa nos delataban, sobre todo si la señora de los belfos rojos repetía una y otra vez la oración, porque así lo requería la ceremonia y si además estábamos sentados en el primer banco. Nos vimos obligados a desistir de nuestro empeño en cumplir el deber de la misa y asumimos el pecado para toda la semana.
Mi abuela me llevaba a Misa cuando tenía tres o cuatro años. En la Iglesia del barrio donde vivía mi abuela hacía mucho frío y era amarilla. La Misa duraba una eternidad. Me gustaba fijarme en los dibujos de las cruces que había a ambos lados de la capilla. Cada dibujo era distinto. Mi abuela me dijo que eso se llamaba vía crucis y que el hombre de los dibujos era el Señor. Como el conjunto de cruces contenían una historia, yo quería ver todas las cruces para ver en qué terminaba y por eso me levantaba del estrecho banco. Para que no me levantara más, mi abuela me dijo que la historia terminaba justo enfrente de mí, en la cruz que había detrás del sacerdote, «¡y cállate, ya!». Fue en esa iglesia donde descubrí el fenómeno del «desangelamiento». Estar «desangelado» es tener frío en un ambiente extraño, mezclado con gana de comer pan y chocolate. Y yo me desangelaba muchísimo cuando las señoras, incluida mi abuela, cantaban todas juntas «¡Misericordia, Señor, Misericordia…!». Ni entendía qué era la misericordia y al oírlas me entraba mucho frío por la espalda. También cantaban otra canción que decía: «El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación». Lo de la roca no me sonaba bien y después venían unas notas muy altas en la canción y aquello resultaba inaudible. Cuánto deseaba el momento en que el monaguillo tocaba una campanilla que colgaba de una vara dorada. Me hubiera gustado que me dejara la campanilla para jugar, pero mi abuela me decía que no podía jugar con eso. También quería pasar la cesta donde la gente echaba dinero, porque las mujeres de las cestas parecían ostentar cierto mando y además se daban un paseo por la Iglesia. En ese momento las mujeres abrían los monederos y toda la Iglesia olía a colonia Joya, que tenía un bote muy bonito. También podían oler a Embrujo de Sevilla, más intenso aún. Antes de marcharnos, mi abuela encendía una vela y me dejaba que yo echara el dinero. Imagino que las velas se reflejarían en mis gafas, que ocultaban unos ojos que veían todo limpio.    

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