Al margen de las noticias que aparecen en los medios de comunicación o el recuerdo público que se hace por parte de asociaciones o instituciones hay determinadas fechas, sobre todo cuando se han sentido o vivido de cerca, que se graban en la memoria y que no hace falta que nadie ni nada te las recuerde. Es algo extraño que se siente muy dentro, que hace que los sentimientos se inquieten cuando el día se acerca, que produce una sensación difícil de definir. Y una de esas fechas imborrables en la memoria es el 11 de marzo de 2004. Justo hoy se cumplen seis años.
A veces, cuando se llega a la estación de trenes de Atocha y se recorre la zona en donde se fueron acumulando recuerdos, tristezas, ausencias, dolor, y hermosos mensajes, es inevitable sentir el silencio que se respiró entonces. Madrid expresaba su llanto en cualquier esquina de forma callada, en los autobuses, en el metro, en la calle, en las tiendas…El desgarro existente ante lo ocurrido se respiraba fueras donde fueras. Ahora, mirar hacia ese pasado es remover de nuevo todos los sentidos.
Recordar ese montón de fotografías de los que tuvieron la mala suerte de coger aquellos vagones de cercanías sin sospechar que el destino era la muerte, o las cientos y cientos de palabras llenas de amor y de ternura convertidas en versos, en cartas, en breves despedidas, o traer de nuevo la imagen de tantas y tantas velas rojas encendidas, provoca un nudo en la garganta.
El tiempo, dicen, pasa rápido y lo cura todo, pero hay muchas cosas que ni el tiempo consigue borrar. Uno se acostumbra a vivir con esas inquietudes, sin las personas a las que quiere, pero sin que ello suponga ni olvido ni un empezar, simplemente es pura supervivencia. Toda muerte es difícil de aceptar, pero más aún cuando se ha cerrado una puerta con un hasta luego y ese hasta luego se ha convertido en un hasta nunca. Esa ruptura tan brusca, esa pérdida deja tantas frases sin pronunciar, tantos deseos sin cumplir, tantas inquietudes sin compartir…que los remordimientos surgen y se mezclan con el deseo de poder dar marcha atrás para al menos no dejar en el tintero esas últimas palabras no dichas.
Cerrar los ojos es volver a ver miles de miradas perdidas, llenas de rabia y de incomprensión. Aquel día que España vivió el peor atentado terrorista de su vida sigue intacto en el corazón no solo de los familiares y amigos de las víctimas sino de muchas personas que sintieron aquel trágico suceso como algo suyo, y es que en el fondo así fue, porque son mayoría las personas con sentimiento y corazón, quienes rechazan el terrorismo y quieren vivir en paz y libertad.
Desgraciadamente, aquel 11 de marzo nos mostró lo frágil de nuestras vidas, cómo en un segundo todo puede cambiar, cómo nada es seguro, cómo en ocasiones no existe un mañana. Sirvan estas palabras para recordar a los jóvenes, hombres y mujeres que no pudieron dibujar un futuro debido a la crueldad de otros, pero también para reflexionar sobre ese hilo del que pende nuestras vidas, y para no dejar de hacer y decir lo que realmente queremos y sentimos, porque quizá cuando nos decidamos a hacerlo sea demasiado tarde.
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