A fuer de sincero debo decir que hoy, seis de marzo de 2010, cuando escribo estas líneas, no las tengo todas conmigo en el escabroso asunto del aeropuerto de Ciudad Real, pese a mi tradicional optimismo y la más que denodada defensa que siempre he hecho de esta infraestructura, nacida de la sana locura de unos pocos, que debería representar una inyección de futuro de las grandes. Y digo escabroso porque este asunto, a partir de un momento concreto de su incipiente andadura, pues incipiente es aún, se vea como se vea, se encanalló de tal manera que el futuro, tal como lo veo hoy, es gris marengo. Y se encanalló porque el tema, como tantos otros de la España de hoy -incendios forestales con víctimas mortales, secuestros de personas o barcos, luctuosos episodios de nuestras tropas en el extranjero, denuncias de españoles con problemas fuera de territorio nacional que se han sentido abandonados por el Gobierno y por Exteriores, etc, etc.- fue visto, por unos y otros, como vivero de votos o de notoriedad. Votos para los políticos; notoriedad para ecologistas. Los primeros, los políticos, superada la etapa de los segundos, los ecologistas, que fueron los que colocaron las primeras y no pequeñas piedras en el engranaje de esa máquina de actividad que podía ser el aeropuerto, han superado a los ecologistas y hecho todo lo posible para que el proyecto, marchase al paso que interesaba a cada uno. Y en ese cada uno, por razones matemáticas, no ha habido nada más que dos protagonistas, o contendientes, o como cada ciudadrealeño quiera llamarle: socialistas y populares; populares y socialistas. Aunque en verdad hay que decir, debo decir pues esa es mi percepción, que los populares han hecho bastante menos por el aeropuerto que los socialistas, aunque, insisto, ambos partidos han molestado, boicoteado y zancadilleado todo lo posible y más, según creían convenirles en cada momento. Ello, como desgraciadamente suele ocurrir en la política de partidos, sin importarles nada más que sus intereses y despreciando el único interés que debía moverles, que es el bien común. Y así, mientras el Partido Popular, especialmente en tiempos de Alvarez Cascos, de una forma solapada y silenciosa, aunque efectiva, y ahora en los de María Dolores de Cospedal, de una manera más pública y notoria, han puesto zancadillas, las están poniendo hoy como todos sabemos, al proyecto; no hay que comerse de ojos a los socialistas en épocas en que era el PP el que gobernaba y el que debía dar vía libre a tal o cual expediente. Entonces la izquierda, más o menos radical y más o menos ecologista, con personajes como la ex ministra Narbona, incordiaron, por no decir otra cosa más fuerte y malsonante, todo lo que pudieron y más. Lo hicieron, como acostumbran, aquí y allá, Madrid y Bruselas, y demás frentes en los que creyeron podían rebañar algo para su cuenta corriente de votos. Algo, en todos los casos, sencillamente canallesco y más si semejante proyecto podía ser, iba a ser, un importante vivero de trabajo para una provincia y una región necesitada de infraestructuras y posibilidades ajenas al funcionarismo, la subvención, el subsidio y las pensiones.
Los detractores del proyecto que ya es realidad, entre los que, dolorosamente, destaca la presidenta del PP castellano-manchego, María Dolores de Cospedal, cuyos cañonazos contra la línea de flotación del aeropuerto son casi de la potencia de la bomba que arrasó Hiroshima, están anclados en que cualquier cosa que se haga hoy, y ayer, por el aeropuerto, independientemente de otra consideración, es un favor del presidente Barreda a sus amigos. Y de ahí no les saca nadie. Unos lo dirán por convicción y en voz baja; otros, sin duda, porque no forman parte de ese pretendido círculo de amigos. Y así estamos, que 'ni se muere padre, ni cenamos'.
Pero creo, aún en el supuesto, más que improbable por aquello de ese juego político en el que los perros -¡dicho sea con perdón!- se ladran pero no se muerden, hubiese fallo judicial, que por encima de amigos o enemigos, a estas alturas, lo que debería primar es el interés porque el aeropuerto arranque de una vez y las listas de ficha de empleados se llenen de jóvenes de la provincia y la región. Lo demás, pese a la demagógica vehemencia de algunos, no juega a favor de la sociedad y del bienestar de los ciudadanos, aunque, hipotéticamente, pudiera jugar a favor de alguna entidad de crédito entrampillada, de alguna empresa acreedora concreta, o, que es lo que algunos buscan, en contra de algunos que, sin deber ni poder, están metidos de patas en el ajo. Pero ese sería otro tema que, con una u otra solución, o sin ninguna, no creará puestos de trabajo, que ya, puestos así, es casi lo único que interesa.
Pero sucede que el aeropuerto, para poder seguir adelante, necesita ser vendido o disponer de un importante aval para lograr fondos. La venta, a falta de determinados permisos del Gobierno Zapatero, está hecha, pero no estaría antes de fin de mes, que es fecha tope para el concurso de acreedores, y no valdría; en su lugar, el aval, prometido por la Junta, sería la solución para seguir, siempre y cuando llegase a tiempo ante la autoridad judicial y convenciese. El presidente Barreda, con alto riesgo político, está por ayudar -¡está valiente Barreda últimamente!- a un proyecto tan importante pues ¡lo primero es antes!; mientras, la oposición, en busca de poder regional, prefiere sacarse un ojo con tal de ver ciego a los que gobiernan hoy Castilla-La Mancha. Y al fondo del escenario, tras las bambalinas, se ve al lobby de Albacete, que es lo malo.
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