Observo el tinglado que envuelve al juez Garzón y veo los típicos ingredientes del culebrón follonero. Soberbia, venganza, vanidad, cainismo, frialdad, traición y explosión mediática, entre otros. Al juez muchos se la tenían guardada. Estaba claro que el ansia de protagonismo le iba a jugar, tarde o temprano, una mala pasada. Sobre todo entre los de su propio gremio. Eran aviesas las miradas que muchos togados echaban a ese juez que intentó ser premio Nobel. Para gran parte de la judicatura el juez debe huir del protagonismo. Es como el árbitro de los partidos. Así que cuando menos se hable de sus sentencias, mejor. Los jueces suelen ser comedidos, cabales, discretos, grises, estajanovistas y poco ostentosos. Un tipo que decide sobre la vida y patrimonio de la gente no puede ser de otra manera. Lo contrario es insultante. La judicatura no admite cristianos ronaldos. Pues Garzón lo es. Por eso ahora lo juzgan los de derecha y de izquierda. El run run sobre la caída de Garzón era estentóreo en la profesión. Molestaba mucho. Si a eso unimos que ha metido mano a derecha e izquierda, y arriba y abajo, pues la cosa se entiende. Todos, menos unos pocos, a por él. Algunos ya lo ven como esa cabra que tiran del campanario entre el regocijo de la jauría. Eso es muy típico español. Subir hacia la cúspide y bajar como un penado hasta la ciénaga. Pero la realidad, seguro, es más simple. Creo que el verdadero error de Garzón es el asunto del Banco Santander. Y quizá, por ahí, es por donde lo emplumen. Y justo es que se le trate como a cualquiera. Pero da cierta pena que alguien que ha encarnado, de manera muy brillante, un ansia de justicia universal, acabe respondiendo por sus excelentes relaciones con el banquero más importante del país. El tema, en realidad, no debería dar para mucho. Pero sí da para ese culebrón que tanto gusta a un país que va siendo cada vez más, como decía hace poco Reverte, gozoso en su incultura. En fin.
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