A veces, escribir no busca mas allá de un contar historias, reales o imaginadas, para rellenar un tiempo ocioso o de creación, a la vez que poner en manos de los posibles lectores un motivo de entretenimiento o, en el mejor de los casos, de ilustración.
Compruebo que nada más empezar estas líneas he optado por referirlas a la escritura en detrimento de otras posibles opciones que pudieran hacer referencia al hecho mismo de contar, pero es algo inevitable, o tal vez sí, si somos capaces de abrir nuestro ángulo de visión asumiendo que habremos de expresarnos tal cual somos y sentimos independientemente de cómo seamos percibidos.
Contar historias puede convertirse en una necesidad de sentido, en un ejercicio de actualización y expresión que conlleva aceptar que, al otro lado, habrá alguien que se haga receptor interesado de las mismas. Lo contrario sería pensar que se escribe para nada, para nadie, o, como máximo, para uno mismo, pudiendo ser esta última opción razón suficiente, pero casi siempre, aun sin confesarlo, cuando escribimos lo hacemos para ser leídos, buscamos la complicidad de los otros, pues aunque cuando damos a la imprenta un texto lo consideramos cerrado, acabado, éste no estará completo hasta que no encuentre una reacción creativa en los lectores.
Contar historias, recrear la realidad o hacerla asequible, entendible para otros es lo que se busca cuando partimos de un hecho concreto, objetivo, real. Recrear una idea, un sueño, una evocación, cuando el punto de partida es nuestra imaginación. Al final, si está bien contada, poco importa el punto de partida, pues una vez «puesta en pie», la historia se sostiene por si misma y adquiere valor de realidad y fuerza suficiente como para sostener a unos personajes que van adquiriendo vida y razón de la misma hasta lograr su propia evolución y madurez, de manera que el autor parece que no tuviese más remedio que ejercer de mero notario de una realidad que se le impone y a la que a de servir intentando interferir lo menos posible. Es, llegado a ese punto de parecer prescindible, cuando el autor empieza a tener valor en sí mismo y su tarea le trasciende y va más allá de lo que, en principio, pudiera parecer y ser su «trabajo» y búsqueda de plasmación de lo imaginado. Inevitablemente, o buscado, la experiencia y sentimientos de el que escribe quedan incorporados a lo expresado, pues si releemos con pausa lo que a lo largo de la vida ha ido entregando un escritor, por muy variados y diferentes que sean los temas abordados, en el fondo, siempre encontraremos una reformulación de lo ya dicho, una reconfiguración de esos personajes fundamentales que aparecían en sus primeros escritos, pues, en definitiva, siempre es uno mismo el que se da y se vacía a la hora de concretar lo expresado.
Manifestación de funcionarios en Madrid
Rubalcaba, elegido Secretario General del PSOE
Llega una nueva ola de frío a España
El Tiempo en España en las próximas horas
Rifirrafe entre Mariano Rajoy y Rosa Díez