Antonio García Cervigón
La venta de libros desciende con la llegada del estío. La apreciación nos llega vía libreros y quiosqueros. Ahora lo que se lleva son los pasatiempos y alguna noticia que se desmarque de la solemnidad, además de que los intereses de los lectores de periódicos están marcados por la vuelta de la Liga de fútbol. Por ello, proseguimos con las muestras pintorescas encerradas en la historia de nuestra Lírica. Vean.
Se cuenta que en la quincuagésima representación de La rosa del azafrán en el madrileño Teatro Calderón, el ilustre solanero Francisco García-Catalán leyó en el intermedio de la obra un vibrante mensaje que tituló: ‘De Villa a Villa, de La Solana a Madrid’, en el que habló de La Mancha, del Quijote y de Cervantes. El brillante discurso del polémico abogado que aparece en la obra como ‘Paco el Gafa, la persona más lince del pueblo’, produjo una extraordinaria impresión en el auditorio que jaleó y ovacionó con reiteración su espléndida reflexión. Tantas fueron las muestras de agrado que hasta algunos componentes de la embajada solanera se levantaron de sus asientos y hacían saludos reverenciales hacia los espectadores. De aquella fecha sólo quedan dos mujeres para contarlo: Adela del Rey Campillo en La Solana y Maruja Romero, hija del autor del libreto, en Madrid.
La anécdota que sigue, referida a vestuario, nos la relató en vida Federico Romero. La cantante Felisa Herrero, que dio vida al personaje de Sagrario, lució un traje y un peinado, reproducciones exactas del único retrato que tenían de su abuela Araceli Briones, fallecida de sobreparto cuando nació el padre del autor; de esta manera quisieron rendirle un homenaje a su memoria. Por su parte, los decorados exhibidos en los distintos actos de la obra fueron recogidos del patio de la casa solariega y de labranza en la que vivió largas temporadas Federico Rimero, y de los exteriores del casco urbano de la Villa de la Zarzuela, entre ellos, la estampa majestuosa de la esbelta torre de Santa Catalina.
Otra: cuando los autores de la obra (Romero, Fernández Shaw y Jacinto Guerrero) recalaron en La Solana para realizar anotaciones de bailes y cantares y otras de las costumbres y tradiciones propias del lugar; en una pausa se acercaron a descansar al casino La Unión. A esas horas el espacioso salón se encontraba vacío. El compositor es invitado a tocar el piano y accede con la llaneza y simpatía que le caracterizaba. A petición de los oyentes toca fragmentos de sus obras más conocidas y las canta con un hilo de voz pero con expresión admirable. Diez, quince, veinte y hasta treinta piezas. Las palmas echan humo. Poco a poco se va llenando el salón. A la media hora el centro de recreo se había convertido en un hervidero de gente que aclamaba al músico. El espontáneo recital se había prolongado hasta la media noche.
A esas horas, cuando se dirigían a descansar, perciben una escena pintoresca sobre el eterno tema del amor. Un mozo baja cantando por la calle Borja, ‘al hombro lleva una larga escalera y una manta de batán. Va a hablar con la novia que tiene la ventana en piso alto’, ¿les suena ahora el fragmento de ‘la escalera’? Cerramos las anécdotas de nuestra singular zarzuela, con la narrada hace días por Jesús Reguillo con su proverbial talento. Ocurrió cuando la zarzuela La rosa del azafrán viajó a la villa que la inspiró. La mayoría del elenco estaba formado por los mismos cantantes y actores, salvo el barítono Emilio Sagi Barba, que fue sustituido por el afamado Marcos Redondo. El 24 de julio de 1930, hacía un frío que pelaba. El papel de las dos funciones se había agotado. El barítono, viendo que la noche inclemente podría hacer daño a sus cuerdas vocales, hizo ver a los empresarios las dificultades que entrañaba cantar dos veces seguidas el recio papel de Juan Pedro. Con una pistola que salió de alguna funda encañonaron al cantante que le faltó decir que no sólo cantaba las dos funciones sino también La Traviata. Las desdichas siguieron cebándose con el susodicho, porque las fondas y hospederías estaban de bote en bote, y tuvo que pasar la noche en un diván del Casino La Unión. ¡Qué tiempos!
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