Cuando me dispongo a escribir este artículo, me siento como un enterrador, como si llorara de oficio letras de luto; oigo tocar a muerto y me gustaría cavar la tumba en un folio. La sangre derramada no puede ahogar mi voz. No se si puedo hacer más para acabar con ETA. Hago lo que puedo... «Entre el dolor y la nada, escogería el dolor», escribió Faulkner. La política acabará derrotando a la lucha armada. La estupenda periodista Ángeles Escrivá ha hecho públicas sabrosas conversaciones de Otegi en prisión. Aunque ese sujeto es un cínico, cualquier día condenará a ETA y Batasuna será legalizada. Oyendo a Otegi, ETA ya no tiene el apoyo de sus presos. Acorralada, sólo posee soledad, indiferencia, recelos, desconfianza, desolación... ETA es experta en esclavitud, en fomentar el miedo-odio y la falta de libertad plena en todos los habitantes de la comunidad autónoma vasca, reafirmando su enfermedad más profunda.
Euskadi, libertad prohibida. La perra que parió a ETA ya no está en celo. Los abertzales independentistas están nerviosos y algunos creen que el terrorismo ya no volverá a suplir su debilidad política. Como escribió Mario Onaindia, sostengo que hace falta una Euskadi en la quepan todas las personas, no todas las ideas, porque hay algunas que son perversas. ETA no va a acabar con la democracia, pero ha destrozado muchas familias. El terror etarra no aspira a vencer, sólo quiere demostrar que no puede ser vencido, que es capaz de sobrevivir a la presión policial. ETA es un poder fáctico que busca perpetuarse en el futuro de Euskadi, pero tiene que notar que muchos periodistas no tenemos miedo. Es ETA quien tiene miedo a la libertad. Uno siente pena por las víctimas, pero no miedo a los verdugos.
ETA, la naúsea, está en estado comatoso. Claro que del coma se puede salir. La banda tensa la cuerda y ofrecerá con algún atentado una imagen de fuerza para negociar su final con el Gobierno que preside Zapatero. Esto no tendrá lugar si no se rinde y abandona las armas, Cada vez más, el hacha asesina discrepa de la serpiente política. Su contradicción interna ha sido una tradición en su historia de crímenes. Esa controversia en los intestinos de ETA espero que no termine en una nueva acción criminal. Como Ernesto Sábato, autor de El túnel, yo también me adentro en las oscuridades de Euskadi, buscando una improbable luz al final con la esperanza de que no sea la de un tren acercándose en dirección contraria, y me atropelle. Se demanda una lucha contra ETA sin complejos.
Tenemos que perder el miedo a expresar nuestras ideas y a luchar con todas las armas de la democracia contra el chantaje del terrorismo. El silencio del miedo sería cobarde. Para escribir sobre ETA hay que correr un cierto riesgo. Dado mi agresivo afán por conocer hechos me llevo moviendo durante muchos años en el entorno etarra. Lo que he escrito de la banda vasca es la prótesis de mi memoria. Estoy harto de estos cobardes. Adiós, idiotas, agur.
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