El Balance economico de las colectas realizadas conto con la presencia de de Antonio Fernandez, misionero diocesano en Republica Dominicana
Desde que Haití resultó devastada por el terremoto del 12 de enero, los llamamientos a la solidaridad con las víctimas, en forma de ayuda para reconstruir el país, no han cesado. Una de esas instancias es el Obispado de Ciudad Real, que ayer presentaba el balance de la aportación realizada desde sus diferentes parroquias, según el cual los ciudadrealeños han donado un total de 351.356,39 euros.
Según recordaba el responsable de prensa de la diócesis, Miguel Ángel Jiménez, el 31 de enero el obispo Antonio Algora «convocó en toda la diócesis una jornada de oración y reflexión por Haití». En ese día, «todas las colectas de las eucaristías se destinaron a los afectados por el terremoto de Haití, y se les enviaron a ellos».
A partir de ahí se inició el goteo de donaciones hasta alcanzar una cantidad que, a juicio de Jiménez, es «considerable para nuestra diócesis». Al hilo de este tema, el responsable de prensa invitó a tener presente la situación de Pakistán tras las inundaciones del sur del país, un desastre al que «nadie está haciendo caso»: «La reacción de la comunidad internacional no está siendo la misma que se tuvo en relación a Haití», denunció.
Desde Pedernales. El envío de ayuda hasta Haití fue canalizado a través de Antonio Fernández y Amadeo Puebla, los dos misioneros que la diócesis tiene destacados en Pedernales, una localidad de la República Dominicana situada a tan sólo 400 metros de la frontera haitiana.
Fernández, quien asistía a la presentación del balance, quiso transmitir a los ciudadrealeños el agradecimiento por su generosidad que le había hecho llegar el administrador de la diócesis de Jacmel; esta ciudad costera, capital del departamento sudeste, fue la principal beneficiaria de la ayuda ciudadrealeña junto con la población de Léogâne.
Fernández explicaba así cómo vivieron el seísmo desde Pedernales: «Nosotros lo sentimos mucho más bajo, porque tenemos un cordillera por medio, e inmediatamente empezamos a pensar qué podíamos hacer para poder ayudar». A medida que entraron en el país para dirigirse a la localidad más cercana, Anse-à-Pitres, fueron «descubriendo con pavor todos los tremendos efectos del terremoto».
El misionero indicó también que recibieron muchas llamadas de ciudadrealeños interesados en ayudar, pero temerosos de que su ayuda se perdiera por el camino. A ellos respondía que «lo único que no llega es lo que no se envía. De lo que se envía puede que algo, en algún momento, quizá se despiste por el camino, pero lo que no llega es lo que no se envía».
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