Hermano y la cuñada de Adríán Rodríguez Cota recientemente fallecido que era ún enamorado del Aeropuerto Central de Ciudad Real
Yo veces le preguntaba que hacía veinte horas encima del ordenador. Ahora ya lo sé: liarla parda». Con estas palabras su hermano, Alberto, da muestra del impacto que para él ha tenido el alcance de la voz de Adrián, más allá del suelo que pisamos.
El joven salió a hombros, como los grandes. Su féretro iba alzado por sus compañeros del grupo scout. Veinticinco claveles blancos, por cada uno de sus años, lo cubrían junto a otras tantas pañoletas y las banderas de Castilla-La Mancha y su Unión Deportiva Puertollano. «El funeral ha sido espectacular», afirma Alberto visiblemente emocionado. Y es que las personas que le conocían fueron plasmando en papel una a una los sentimientos que Adrián despertaba en ellas y, sobre todo, esa sonrisa.
La última vez que le vio bien se despedía en el aeropuerto de Noáin, en Pamplona, la ciudad donde reside actualmente. «Vino de visita en San Fermín y, cuando estaba en la puerta de embarque, dijo: ¡Comparado con el de Ciudad Real no vale para nada!», recuerda Alberto.
Pese a la distancia, su relación era estrecha. «Me llamó una agencia de publicidad de Madrid para hacerme una entrevista, porque mi hermano les había enviado un mail diciéndoles que era diseñador gráfico y que estaba buscando trabajo», confiesa Alberto aún estupefacto por la ocurrencia de su hermano.
Donde hubiera que echar una mano, allí estaba Adrián. Así, también recuerda cuando se fue de vacaciones a Chicago con su novia: «Nos contó la historia del aeropuerto de Hartsfield-Jackson y el tipo de avión que íbamos a coger con todo lujo de detalles», explica Alberto. «No nos dijo de milagro las películas que íban a poner durante el vuelo», apostilla Esther. Su cuñada asegura que «era un chico que tenía las cosas muy claras y lo que decía lo decía con pleno convencimiento».
Alberto agradece infinitamente todas las muestras de cariño y las palabras de aliento infundidas porque quienes tanto le querían y, por supuesto, se siente tremendamente orgulloso: «En estos días me he dado cuenta que era una persona muy querida y apreciada. No me esperaba todo esto».
Adrián era un chico sencillo que vivía con su padre y su cobaya Piticli, que tenía su espacio en el Tuenti, en una vivienda en frente del nuevo campo de fútbol del Cerrú y, como cabe esperar, colgaba en los foros fotos de su desarrollo. En su tiempo libre le gustaba salir de cañas con sus amigos o dedicarse en cuerpo y alma al Grupo Scout Bosco, en el que llevaba ya 14 años.
Su hermano suspira y finaliza poniendo el acento en que «todo lo que ha hecho, lo ha hecho bien y ha disfrutado de la vida». Y eso es lo más importante. Hasta siempre, fenómeno.
La colección de Elisabeth Taylor a subasta
Clint Eastwood para rato
Leno a Michelle Obama: 'No como manzanas desde 1984'
Urkullu y Rajoy, dos horas de reunión en La Moncloa
El TS desestima la nulidad y retoma el juicio a Garzón
Los mejores anuncios de la Super Bowl de este año
Dificil jugar contra este tipo
Un ciclón de ovejas
Mucho frío en el entrenamiento del Real Madrid
La mejor jugadora del mundo elogia a Messi