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Deportes

22/03/2010

Fútbol

La plantilla, un tesoro

La Unión Deportiva Puertollano se sobrepuso al nefasto panorama económico para voltear en la segunda mitad el duelo ante el Real Oviedo (3-1)

Honorio, autor del primer gol ante el Oviedo

Rueda V illaverde
Ignacio Ballestero

La Unión Deportiva Puertollano vistió la tarde de épica y se apuntó un triunfo cargado de veneno. Lo hizo ante un Real Oviedo que paseaba sobre el tapete del Sánchez Menor la vitola de favorito al ascenso, pero pereció entre las uñas de un bloque pleno de coraje y nervio, con el verbo cargado de fútbol. La victoria destila veneno en varias direcciones: en primer lugar hacia el futuro, porque sostiene en medio de la penumbra económica el proyecto deportivo, y lo hace más cerca del play off que nunca. En segundo lugar, hacia el palco, donde su presidente, José Antonio Navarro, vivió una tarde plácida libre de toda crítica, asido a la inapetencia de una afición que no se da cuenta de que la casa se le cae encima. La grada es la tercera dirección hacia la que viaja el dardo, porque pone en los labios azules la miel de un éxito deportivo que se sostiene casi de milagro sobre la profesionalidad de los jugadores, que no sobre la credibilidad del proyecto.
Merece la pena detenerse un instante en la grada del Sánchez Menor. Nadie diría, por lo visto ayer, que el club encara a partir de ahora un concurso de acreedores. Quizá el discurso de Navarro ha calado hondo en la gente, y por ello respiran tranquilidad. La quiebra es la mejor solución y no hay más que discutir. Lo cierto es que el presidente eligió el día después de la declaración de abismo para ocupar el asiento central del palco, y la grada no despegó el pico. Aplausos a los jugadores al inicio, bostezos poco después. Ni un sólo reproche.
Quizá quepa concluir que el tesoro del Puertollano no está, en estos momentos, en la afición que un día fue su valor más estable. El futuro del club no descansa en la pasividad de la grada, sino en los hombros de los jugadores. Ellos, y sólo ellos, mantienen firme el timón mientras el club sigue perdiendo el norte. Por fortuna para todos. Fueron ellos, y sólo ellos, los que desterraron la apatía de la grada. Por momentos rugió el Sánchez Menor, con menos cabezas que de costumbre, pero fue porque el orgullo de unos futbolistas maltratados levantaron desde la nada un marcador adverso, y lo hicieron a golpe de fútbol, que es como mejor saben.
Cierto es que el primer tiempo fue para olvidar. Con un concurso de acreedores a cuestas, el cuadro industrial salió sin las revoluciones necesarias para decantar de su lado el choque. Lastrado el ánimo, el equipo perdió el vuelo de las últimas jornadas, y cedió el protagonismo del esférico a un Oviedo ordenado pero ramplón, soso en el despliegue y desprovisto de todo atrevimiento. Tuvo la suerte de toparse con un Puertollano sin lustre al que le costó entrar en el choque. Cuarenta y cinco minutos, exactamente. En ese tiempo, Manu Busto aprovechó una indecisión de la defensa para poner a los suyos en ventaja con un disparo cruzado sin Calleja bajo los palos. Pareció despertar el ‘Puerto’ poco después, pero el zapatazo de Honorio, maniobra genial de Ballesteros mediante, se estrelló en el larguero. De ahí al descanso, nada.
Eso sí, en la reanudación fue todo. Tardó poco Benigno en revolucionar el once y los cambios surtieron efecto. Honorio encontró un balón que nunca llegaría a alcanzar de cabeza y dibujó una tijera preciosa y perfecta, precisa. Tres minutos después fue Addison el que selló con el lacre del gol una maravilla coral. Empezó en el costado derecho y acabó en los pies de Pomar, de improvisado lateral, para dibujar un centro raso a falta de mejores recursos. El brasileño templó, giró eléctrico y la puso en la escuadra. El equipo ganaba, la afición gritaba y todo era como siempre. Lástima que no se pueda vivir de domingo en domingo, y las semanas se empeñen en ensuciar el futuro. Y el presente.
Si el Oviedo creyó en la remontada, le debe la falta de fuelle al exceso de verbo de su capitán. No le bastó a Iván Ania su veteranía para evitar la expulsión, porque el escudo no lo es todo. Llamó «niñato» a un recogepelotas, y se fue a la calle. Quedaban veinte minutos y el Oviedo tenía ante sí una montaña imposible de escalar: tenía que voltear un partido con diez, y ante un rival orgulloso y batallador, cuyo corazón latía a mil por hora. Huelga decir que ni siquiera disparó a puerta.
Al contrario. Fue Addison el que se encargó de poner más tierra de por medio, y firmar el marcador final desde dentro del área. Siguió la grada con el festejo, ajena a la nube que se cierne sobre el club. El play off de ascenso queda más cerca que nunca, pero el final de temporada está, si cabe, más lejos. Los jugadores emitieron en la tarde de ayer su veredicto: a pesar de todo y de todos, no van a dejar de seguir luchando. Sobre su coraje y su orgullo reposa el horizonte del club; sobre sus hombros, la ilusión y el fútbol en Puertollano. Hasta hace poco, la plantilla era un pilar más, desde ahora es el más importante. Quizá sea también el único.    

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